A pocos kilómetros de Puerto Varas, la euforia se apodera de la fiesta de
unión de María José y Joaquín. Con Quinteto teto, el novio preparó la
sorpresa que encendió el fuego y la diversión sin retorno.

Estamos en diciembre de 2016. Un murmullo expectante, una tensión casi exquisita, invaden la
sala del Fundo Santa Inés de la Vega, un lugar con estilo que mezcla buen gusto y simpleza, en
medio de un bosque, a pocos kilómetros de Puerto Varas. El sur de nuestro país no necesita
mucho maquillaje para ser bello, pero toda belleza necesita de tino y habilidad para ser resaltada:
todo esto se cumple a cabalidad en este lugar.
Esa tarde mágica, después del valls, Joaquín camina de pronto hacia el escenario. Nadie sabe muy
bien qué ocurrirá, excepto él y Quinteto, que contienen la emoción de la sorpresa. Toma la
guitarra que Panchi le facilita y se para frente al mic. Sus dedos intentan emular las horas de
ensayo previas y más importante aún: quizá, en su interior, busca revivir los años estudiantiles,
menos glamourosos, pero con mucho corazón y rock, en escenarios universitarios, donde María
José lo conoció.
La batería comienza. Quinteto lo acompaña como buenos compañeros de equipo, en la música, en
el momento, porque Joaquín está a pocos compases de jugar otro gran partido. Aunque los
nervios acaso lo hicieron pensar demasiado –o dejar de pensar-, bastaron algunos segundos y un
reef sencillo y característico para desatar la euforia y acalorar la confianza. Ya está sonando
“Honky tonk woman”, un clásico sesentero que todo rollinga y amante de la buena música sabe
apreciar.
Al ritmo suelto y gozoso, se unen inmediatamente un grupo de primas y amigas que se apropian
de la primera fila, rodeando al guitarrista, gritan incansablemente de pura diversión. La novia lo
acompaña sin guardarse nada, con este temazo que en tantas ocasiones disfrutaron juntos. Un
montón de hombres, atrás, saltan, aplauden, levantan los brazos. Joaquín canta con toda la sangre
de que dispone, toca embrujado, no hay límite entre escenario y público, es un verdadero recital
de rock. Al final, gritos y aplausos se confunden, dando inicio a una fiesta de calibre.
“Fue la raja tocar, entretenido, para motivar a la gente”, nos cuenta Joaquín. “Una tía me dice que
cada vez que escucha ´Honky tonk woman´ se acuerda del matri. Hasta mi abuela de 80 años bailó
como loca… su último baile”, comenta, con un mix de emociones proporcionales al recuerdo de
esa mágica noche que atesora junto a su familia y amigos. Y es que después de esa enorme
apertura, Quinteto teto luego hizo lo suyo, animando una fiesta que estaba ya destinada a ser lo
que fue: inolvidable.